La insoportable levedad de las secuencias didácticas
Les voya contar, más o menos, cómo es uno de mis días.
Me levanto entre 6 y 6:30 (cuando los pendientes me dejan descansar y no interrumpen mi sueño).
Despierto a mis hijas y las correteo para que se vistan y bajen a desayunar. Mientras tanto, su papá ya les está preparando el desayuno y el lunch (porquecasi nunca quieren lo que ofrecen en la escuela). En lo que desayunan, las peino (lo básico: coletas, trenzas, chonguitos; nunca dominé las habilidades para hacer peinados de salón). Después se lavan dientes y reúnen sus cosas para irnos. Las dejamos en la escuela como 7:30 am.
Regresamos a casa. A veces, mi esposo se va a correr y yo a pilates. Otras veces, él se va a correr y yo me quedo a hacer el desayuno. De vez en cuando, ninguno va a hacer ejercicio y desayunamos juntos. Vemos un capítulo de alguna serie (de esas que hemos visto mil veces y veremos mil más), mientras nos acabamos nuestro café. Y después, a enfrentarnos a nuestra chamba. La mía incluye lavar ropa, pensar qué haré de comer y sentarme a ver mis correos.
Además de dedicarme a las labores domésticas, también soy editora de libros de texto. Así que, dependiendo el día, tengo que revisar archivos de 80 páginas sobre filosofía o lecciones de 6 páginas de Lengua. Pensarán que el de filosofía es más difícil, pero no crean, editar 6 páginas para niños de entre 10 y 11 años no es para débiles.
Entonces, ahí me tienen, buscando imágenes adecuadas, pensando la manera más fácil de definir un término, actualizando cronogramas de trabajo, revisando programas de estudio y manuales de estilo, entre otras cosas. Así hasta que da la hora de empezar a preparar la comida. En ocasiones, mientras se cuece el pollo, sigo editando. Mando un archivo y le bajo la lumbre al arroz. Completo una lista iconográfica y prendo la freidora de aire para que se quede trabajando mientras voy por mis hijas. Eso significa que a las 2:30 se acabó la parte más productiva de mi día. Cuando regresamos de la escuela, comemos y reposamos un rato. Lavamos los trastes y hacemos tarea, si es que dejaron (o si es que se acuerdan porque, a pesar de que les pregunto varias veces a las dos niñas: ¿tienen tarea?, muchas veces se les olvida y lo recuerdan en la noche).
Uno de esos días en que sí había tarea, Paula, la pequeña, me dice: ¿me ayudas? Le digo que sí, aunque en realidad sigo buscando una imagen apropiada para iniciar la secuencia didáctica. Con un ojo al gato y otro al garabato, me dice: “¿qué son los saberes comunitarios?”. Capta mi atención y empiezo a revisar su libro. Me regreso un par de páginas y veo que ahí están las respuestas. Le digo: ¿ya leíste lo que viene al principio? Ella: Ay, no, solo tengo que hacer esta página. Yo, respirando: Sí, pero para responder esta página tienes que leer lo que viene antes. Negociamos un par de minutos y le digo que le ayudo a leer, pero que ella ponga atención. Después de quitarle diez cosas que agarró de la mesa para distraerse, logro que escuche y entienda lo que le leo. Por fin llegamos a la página en cuestión y ve que, efectivamente, ahora sí puede responder.
Me regreso a tratar de retomar el hilo de mi trabajo: buscar una imagen adecuada para iniciar la secuencia didáctica. Navego entre varias opciones y me pregunto, con un poco de desaliento, si el niño o la niña que trabaje en el libro que estoy editando pondrá atención a la mentada imagen o si se irá directo a intentar responder lo que viene dos páginas después.
Continúo, un poco agüitada. Encuentro la imagen perfecta justo a tiempo y eso me devuelve algo de esperanza. Pero ya es hora de parar e iniciar el ritual nocturno. Toca bañarse, ponerse pijama, cenar, leer un rato y dormir. Y empezar todo de nuevo al siguiente día.